Con sus playas tranquilas, su red de caminos rurales o sus proyectos comprometidos, la isla balear ofrece una experiencia distinta

Camino por la plaza de la Constitución, en pleno corazón de Mahón, a la hora que la ciudad se despereza al amparo de un buen desayuno. Desde el momento en que hinco el diente a un planchado menorquín de sobrasada tierna, q...

ueso semicurado y miel de romero en el Café Margarita, sé que este viaje va a ser exactamente lo que había imaginado. Este instante simple sabe aún mejor fuera de la temporada alta, cuando Menorca enseña su cara más amable, auténtica y serena, para ser degustada sorbo a sorbo. La isla balear, que fue declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993, siempre lo tuvo claro: desarrollo turístico sí, pero no a cualquier precio. Al fin y al cabo, la isla que conservó su identidad frente a los invasores ingleses y franceses no iba a claudicar ahora ante un ejército armado con maletas de ruedas.

Parte de esta cruzada la lideran proyectos individuales que recuperan antiguas masías abandonadas y las transforman en alojamientos con encanto integrados en el paisaje, construidos con materiales locales y una filosofía slow. En su capital se reconstruyen antiguas casonas y palacios respetando su estructura original, combinada con modernos diseños de interiores. Pocos ejemplos mejores que el Hotel Hevresac, antigua casa familiar del capitán, comerciante y corsario Joan Roca Vinent. Techos altos de madera, decoración vintage, objetos de arte que cuelgan de las paredes o descansan sobre los suelos hidráulicos originales y libros, muchos libros por todos lados. Ignasi Truyol, humanista, ilustrado y esteta por naturaleza, es el dueño y alma creativa detrás del concepto: “Menorca es auténtica, creíble y tangible, con un alma contemplativa y poética”, la describe.