Aquí no manda la noche, sino el día; no hay exceso, sino la calma. Senderismo, rutas en bicicleta, mercados artesanales, gastronomía local y vida social tranquila esperan en la heredera más fiel de aquella isla blanca, tranquila y contenida

En 1913, Santiago Rusiñol definió Ibiza como la isla blanca,...

un apelativo que no solo describía el color de su arquitectura, sino también una idea: la de un lugar casi utópico, anclado en tradiciones ancestrales y alejado de la modernidad industrial. Poco después, el arquitecto Josep Lluís Sert encontró en esta misma isla —en sus construcciones encaladas dispersas entre pinos— el sentido de una arquitectura que marcaría su obra: blanca, cúbica, sin ornamento, en diálogo constante con el paisaje. Ibiza, entonces, era otra cosa: un territorio de costumbres ásperas, incluso violentas, según los relatos de viajeros, que fascinaba precisamente por su autenticidad y su desconexión del mundo moderno.

El propio nombre de las Pitiusas —como se conoce al conjunto formado por Ibiza y Formentera— proviene del griego pitys (pino), una referencia directa a ese paisaje natural que definía la isla. Aquella Ibiza era un destino fuera de los excesos, casi una contraposición a la vida industrial europea: un lugar donde lo primitivo y lo esencial aún marcaban el ritmo.