Washington ha abierto tres frentes contra Pekín: disputar sus recursos energéticos y minerales, erosionar sus posiciones estratégicas y debilitar su red de aliados
América, para los americanos (1): Panamá. En las últimas décadas, China ha ido afianzando su presencia en América Latina, desarrollando infraestructuras y mercados a través de la Franja y la Ruta. Al poco de tomar posesión, Trump lanzó el primer intento de arrebatar a las empresas chinas el control del canal de Panamá, arteria que conecta los océanos Atlántico y Pacífico. La presión dio sus frutos:
n-otorgada-a-una-empresa-china-en-el-canal-de-panama.html" data-link-track-dtm="">a finales de enero la Corte Suprema panameña declaró inconstitucional el contrato de concesión otorgado en 1997 a una filial de la multinacional CK Hutchinson (con sede en Hong Kong) para operar los puertos de Balboa y Cristóbal. La ofensiva se inscribe en una lógica más amplia. Trump ha desempolvado y actualizado la doctrina Monroe: la Estrategia Nacional de Seguridad establece que Estados Unidos no tolerará potencias extranjeras en el hemisferio occidental —salvo países aliados—, y menos en su propio patio trasero. No será fácil. El Centro Brookings advierte de que la influencia económica de China sobre Sudamérica ha superado a la norteamericana; el último documento del Partido Comunista Chino sobre la región —publicado en 2025— pide además a los países latinoamericanos que apoyen la “reunificación nacional” —eufemismo para Taiwán— y se sumen al nuevo orden internacional de un “futuro compartido para la humanidad”. De modo paradójico, advierte el think tank, en la medida en que Washington se centre en el hemisferio occidental se arriesga a desviar los recursos que necesita en el escenario que realmente importa: el Indo-Pacífico.







