El 40% de las personas admite sentir ansiedad en un avión. La respiración consciente, aprender a aceptar las sensaciones del cuerpo y terapia cognitivo-conductual pueden marcar la diferencia
Nunca olvidaré mi primer ataque de ansiedad en un avión. Llegué corriendo al aeropuerto, a punto de perder el vuelo. Logré embarcar y, aún agitada, me senté. Después del despegue, miré por la ventanilla y una sensación de pánico me invadió: mi corazón se aceleró, me faltaba el aire, temblaba y sentí que estaba perdiendo el control. Sabía que era una crisis de ansiedad. Intent...
é distraerme con el celular, caminé por el pasillo…, la angustia seguía ahí. Con el paso de los minutos cedió, pero dejó sembrada la duda de si iba a regresar. Como periodista de viajes, vuelo dos o tres veces al mes, y pensé: si desarrollo miedo a subirme a un avión, sería como un panadero que le teme a su propio horno.
El miedo es un mecanismo de supervivencia. Según Jorge Sánchez San Juan, consultor en neurociencia, viajes y comportamiento, a nivel cerebral la amígdala puede hiperactivarse y provocar lo que denomina un “secuestro amigdalar”: el cerebro entra en un modo más primitivo y el razonamiento pierde fuerza. El temor puede sobredimensionarse e ignorar argumentos racionales, generando un bucle que incrementa la ansiedad.






