El roce con extraños escuece y compartir espacios apretados puede desatar turbulencias de furia
Estoy en un avión. En pleno vuelo. Dos filas por delante de mí, un veinteañero se levanta, abre el compartimento superior de las maletas, rebusca entre sus bultos, saca unos auriculares, se los hinca en las orejas y vuelve a sentarse sin cerrar el armario, cuya portezuela permanece erecta por encima de las cabezas de l...
a gente como un grito mudo. Siento un odio instantáneo por ese chaval tan egocéntrico.
Estoy en un tren. Al otro lado del pasillo, una imbécil lleva media hora diciendo necedades por el móvil a voz en grito. Le dedico miradas primero de reprobación, después atrabiliarias, por último asesinas, para ver si se da cuenta de lo que molesta, pero la mujer carece del menor interés por lo que la rodea. Me reconcome la rabia durante el resto del viaje.
Voy conduciendo. Llego a una rotonda muy saturada y me lleva cinco minutos de cola alcanzar la segunda posición para tomar la glorieta. Al volante del coche que está delante de mí hay un dubitativo. Desaprovecha la primera opción para salir, y luego una segunda y una tercera. Yo empiezo a removerme en el asiento. “Pero vamos”, gruño en voz alta, “venga, ¡ahora! Este tío es idiota…”. Contengo mis ansias de tocar la bocina para no ponerlo nervioso y provocar un accidente, pero le detesto. Cuando por fin se lanza a la sexta oportunidad y yo detrás, al sobrepasarlo lo miro con frenética inquina.






