Megan Fox tiene un antídoto personal contra el miedo a volar. A la actriz de Tennessee le aterran los despegues, le resultan angustiosos los aterrizajes y se le hace mortificante la idea de estar atrapada en el interior de una gran caja de titanio y fibra de carbono a miles de kilómetros de altura. Su recurso, tal y como explicó hace cuatro años en The Kelly Clarkson Show, es escuchar viejos álbumes de Britney Spears, la banda sonora de su adolescencia: “Sé que no moriré mientras escucho a Britney, está escrito”. Así que, en cuanto el avión inicia la maniobra de despegue, Megan cierra los ojos y se pone en los auriculares Oops!… I Did It Again, su placebo para combatir la aerofobia.
Fox no es la única celebridad que padece esta variante particular del mal de altura. A mediados de los años ochenta, Aretha Franklin renunció a sus lucrativas giras europeas tras sufrir turbulencias en un vuelo entre Atlanta y Los Ángeles a bordo de lo que le pareció “un avión de juguete” a punto de desplomarse en cualquier momento. Robert Smith, cantante de The Cure, recurre a las pastillas para dormir y la hipnosis cada vez que se eleva sobre el suelo. Jennifer Aniston repasa mentalmente los informes y estadísticas sobre lo comparativamente seguro que es el transporte aéreo. Madonna padece un pánico asociado, la astrafobia o brontofobia, un miedo irracional a ser alcanzada por un rayo, y solo acepta volar cuando las condiciones meteorológicas son óptimas.






