Hace poco, una amiga que celebraba un cumpleaños significativo (que marcaba el comienzo de la segunda mitad de su vida) anunció que su nuevo objetivo era dejar de sentir tanta ansiedad por todo y, en cambio, divertirse, convertir su vida en “una aventura”. Me pidió consejo sobre cómo lograrlo. Le hablé de algo que el filósofo danés Søren Kierkegaard identificó en el siglo XIX como “una aventura que todo hombre tiene que afrontar si no quiere condenarse a la perdición”. Él la consideraba “la cosa más importante” en la vida.¿Se refería a escalar el Everest o correr una maratón, o a cualquier otra hazaña equivalente a esas aventuras en la década de 1840? No: Kierkegaard se refería a la ansiedad en sí misma. Creía que comprender y utilizar la propia ansiedad era la gran oportunidad y aventura de la vida.Hoy en día, esto puede sonar muy extraño, considerando que, como escribió mi colega de The Atlantic, Scott Stossel -autor de “My Age of Anxiety”- los trastornos de ansiedad son las enfermedades mentales más comunes en Estados Unidos, afectando a más de 40 millones de adultos en cualquier momento (y a muchas más mujeres que hombres). Para la mayoría, la ansiedad parece un flagelo, no una oportunidad: algo que hay que eliminar a toda costa. Pero para mi amiga, como para la mayoría de nosotros, Kierkegaard tenía razón. Dentro de límites saludables y bien manejada, la ansiedad es una parte integral de la vida que puede propiciar el aprendizaje, mejorar el rendimiento e incluso convertir la vida en una aventura.Aunque se habla mucho de la ansiedad, este estado puede ser difícil de definir, y especialmente de distinguir de afecciones similares como el miedo, la preocupación o el estrés. Una forma de comprender cómo se combinan estas afecciones, con base en lo que he escrito anteriormente en esta columna, podría ser reconocer que la ansiedad es una forma difusa de miedo caracterizada por pensamientos negativos recurrentes (preocupaciones) y manifestaciones fisiológicas (estrés). Los biólogos evolutivos no consideran la ansiedad como un fallo en los sistemas neuronales y perceptivos humanos; al contrario, es claramente parte de un sistema de alarma que ayuda a evitar que los peligros potenciales se conviertan en daños reales.Sin embargo, la ansiedad crónica puede convertirse en una mala adaptación. Si este sistema de alarma está configurado con un umbral demasiado bajo, como un detector de humo que se activa en casa cada vez que cocinas, entonces su sensibilidad es un problema. Los estímulos cotidianos -como ir a una fiesta o hablar en público- no deberían provocar ansiedad; si la provocan, podrías estar experimentando una desregulación. No serías el único. Como han documentado los investigadores, la incidencia de la ansiedad como trastorno -es decir, que interfiere significativamente con el funcionamiento y la calidad de vida- ha aumentado en la población. Esto puede observarse especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes: entre 2008 y 2018, el porcentaje de personas de entre 18 y 25 años en Estados Unidos diagnosticadas con un trastorno de ansiedad casi se duplicó, alcanzando aproximadamente el 15 por ciento. Más recientemente, los grupos de edad más jóvenes también se han visto afectados: entre niños y adolescentes, durante la pandemia de coronavirus, la tasa se duplicó, superando el 20 por ciento.No existe un consenso absoluto sobre la causa de estos aumentos, pero una cantidad considerable de pruebas apuntan al ascenso de las redes sociales. Según la American Psychology Association, el adolescente estadunidense promedio pasa casi cinco horas al día en estas plataformas. Como demostraron investigadores en 2017, el riesgo de desarrollar ansiedad como trastorno aumenta con el tiempo que una persona pasa en las redes sociales. Este factor de riesgo se vio exacerbado durante los confinamientos por la pandemia, probablemente debido a la soledad, las preocupaciones económicas, la reducción de la actividad física y los conflictos familiares.La ansiedad excesiva conlleva costos tanto psicológicos como físicos. Se ha descubierto que las personas con ansiedad crónica presentan altos niveles de interleucina-6, lo que puede provocar trastornos autoinmunes y ciertos tipos de cáncer. Esta proteína citoquina -un mensajero químico que participa en el sistema de señalización celular- también se asocia con la enfermedad coronaria; algunos investigadores dicen que las personas con altos niveles de ansiedad tienen mayor riesgo de sufrir un infarto, comparable al de los fumadores.Ante todo esto, podría pensarse que la ansiedad, en cualquier grado, es un mal absoluto que debe evitarse siempre que sea posible y minimizarse cuando se experimenta. Pero esto no es correcto.Para empezar, recuerden que la ansiedad es protectora en la medida en que nos alerta sobre posibles amenazas. Si eliminamos toda la ansiedad al conducir, por ejemplo, es posible que no estemos suficientemente alerta a los peligros del tráfico. Algunos relatos anecdóticos también atestiguan que sentir ansiedad tiene ciertas ventajas: incluso personas que experimentan lo que generalmente se considera un nivel debilitante han notado que obtienen algunos beneficios emocionales de su ansiedad. Como señala Stossel, la ansiedad puede aumentar la conciencia de los demás, fomentar la empatía y brindar un mayor autoconocimiento.¿Cómo encaja todo esto con una aventura kierkegaardiana? La investigación sobre experiencias óptimas puede ayudar a responder esta pregunta. En 2014, investigadores publicaron en el Journal of Experimental Social Psychology un estudio sobre cómo la ansiedad de una persona al realizar una tarea afecta el estado de “flow” (flujo), ese estado de absorción y concentración intensamente gratificante identificado originalmente en la década de 1970 por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi. Los investigadores descubrieron que los estados de flujo en personas que realizaban una tarea computacional compleja eran más intensos cuando los sujetos mostraban un nivel moderado de activación del sistema nervioso simpático y del eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal; es decir, cuando sentían cierta ansiedad, pero no se veían abrumados por ella. Tal vez te identifiques con la sensación de estar plenamente vivo cuando trabajas dentro de tus capacidades, pero justo al límite de ellas.La aventura también puede tener un componente filosófico. En un estudio publicado a principios de este año en The Journal of Positive Psychology se analizaron experiencias vitales transformadoras que provocaron ansiedad existencial, como la inmigración, la enfermedad e incluso la violencia. El investigador descubrió que, si bien nadie deseaba revivir estos eventos estresantes, posteriormente suelen reportar diversos beneficios derivados de su exposición a la ansiedad: se sentían liberados de las limitaciones impuestas por su pasado, comprendían mejor el sentido de la vida y les resultaba más fácil encontrar una dirección auténtica. Muchos de los encuestados afirmaron estar agradecidos por la experiencia.Claramente, un trastorno que implica ansiedad desregulada y debilitante no debe minimizarse, sino tratarse como un problema médico grave. Pero la ansiedad en sí misma no es el enemigo; incluso puede ser una aliada si se comprende y se maneja correctamente. Esto es lo que le conté a mi amiga que cumplía años sobre cómo lograrlo.El primer paso es aceptar la ansiedad como algo normal, no reprimirla. Esto puede ser muy difícil si has vivido toda tu vida creyendo que sentir ansiedad te perjudica y que debes eliminarla. Y, en cualquier caso, la eliminación no funciona: experimentos de 2009 revelaron que las personas a las que se les indicó que reprimieran sus comportamientos de ansiedad sintieron que ésta aumentaba, en comparación con cuando se les indicó que aceptaran esos sentimientos. Ya sea en el trabajo o en casa, cuando suene la alarma y aumenten las hormonas del estrés, intenta simplemente decirte: “Mi cerebro solamente me está alertando de algo fuera de lo común”.El segundo paso es recordar que, para una aventura, lo “fuera de lo común” es precisamente lo que buscas, y replantear la ansiedad, no como temor, sino como la señal de una oportunidad emocionante. El psiquiatra de la Facultad de Medicina de Harvard, Kevin Majeres, define la ansiedad como “adrenalina con una connotación negativa”. El objetivo correcto no es eliminar la adrenalina, que es una hormona que mejora el rendimiento, sino cambiar la perspectiva. Esto puede ser tan simple como decir, cuando algo te estresa: “Esto es emocionante”.Así que esto fue lo que le recomendé a mi amiga: “Claro, vive nuevas e importantes experiencias para llenar de aventura la segunda mitad de tu vida. Pero también, profundiza tu conexión con la vida que ya tienes y concéntrate en las partes que siempre te han inquietado, como los conflictos en el trabajo o en casa, las preocupaciones sobre tu salud o la situación del mundo, y cualquier otra cosa que te quite el sueño”.“Empieza por reconocer y aceptar plenamente estas fuentes de ansiedad, una por una. Luego, reinterpreta cada situación como un reto emocionante, no como una nube negra. Imagínate interactuando de una manera nueva y enérgica con tu pareja; elaborando un plan completamente nuevo para mejorar tu salud o relanzar tu carrera; o tomando medidas constructivas por una causa que te importa”. Esta respuesta positiva es lo que convertirá la fuente de tu ansiedad en una aventura, y además te hará mucho más feliz.Mi amiga me preguntó: “Si sigo este consejo, ¿significa que ya no me importará mi ansiedad?”. “No”, le dije, “probablemente seguirá sin gustarte”. La ansiedad es, en palabras de Kierkegaard, el “vértigo de la libertad”: el precio de vivir plenamente. Siempre hay que pagar ese precio, y no se supone que sea agradable. Simplemente se supone que vale la pena.