La Unión Europea intenta recuperar peso, aumentar la productividad y protegerse en un entorno global más inestable y peligroso
La unión monetaria europea se sostiene sobre una contradicción institucional: la política monetaria está centralizada pero la política fiscal sigue siendo nacional. Quizá en Maastricht fuera lo más conveniente desde el punto de vista político, pero...
económicamente nunca fue un diseño completo. Por eso tenemos que seguir planteándonos la pregunta de cuánto tiempo va a poder seguir dependiendo el euro de un banco central único y un conjunto de balances soberanos nacionales cuyo riesgo crediticio es diferente en cada crisis. Cuando la moneda es federal, hay ciertos factores como una capacidad fiscal común y la emisión conjunta de deuda que dejan de ser lujos ideológicos para ser la mitad que falta y que la Unión Económica y Monetaria necesita urgentemente.
Ahora bien, los países que tradicionalmente se han opuesto a los eurobonos nunca lo han hecho por mera irracionalidad o mezquindad. El principal obstáculo político de Europa es el miedo a las transferencias persistentes y unidireccionales. Ese es un miedo racional en la política democrática. A los contribuyentes del norte se les pidió que tuvieran en cuenta los argumentos morales a favor de distribuir los riesgos, pero casi nunca los argumentos comerciales o estratégicos que les beneficiaban a ellos. “Aceptad una carga mayor para que otros puedan ponerse a vuestra altura” es una consigna que puede funcionar ocasionalmente, pero no siempre. Si esos Estados no ven un beneficio explícito, la mutualización parece una unión de transferencias encubierta. Un instrumento permanente de deuda común no puede venderse solo como una virtud. Los países a los que se pide que asuman más riesgos contingentes deben ver también unas ventajas claras y que merezcan la pena.






