Han pasado solo cuatro años, pero parece una eternidad. El 15 de junio de 2021, la Comisión Europea ponía en el mercado su primer eurobono: 20.000 millones de euros que eran mucho más que eso. Su valor simbólico era enorme: ponía así punto final a un larguísimo debate, enconado durante años, en torno a la emisión mancomunada de deuda. Atrás quedaba aquel “¿eurobonos? Por encima de mi cadáver”, entonado unos años antes por la por aquel entonces aún canciller alemana, Angela Merkel. También los constantes nein y niet de Berlín, Viena y La Haya, las mismas capitales que durante años repitieron el dañino y equivocado dogma de la austeridad expansiva —oxímoron entre los oxímoron—, desmentido otra y otra vez por los hechos. La pandemia aún hacía estragos y el riesgo de descalabro económico era algo más que un mal sueño. Había que hacer algo, y los fondos de recuperación —­financiados con esos eurobonos— fueron, para alegría de muchos y pesar de unos pocos, la salida elegida para salir del atolladero.

Camino de un lustro después, la realidad es otra. La invasión rusa de Ucrania, iniciada en 2022, ha obligado a la UE a rearmarse y ha generado unas ingentes necesidades de financiación. Las mascarillas son cosa del pasado, pero la economía europea sigue sin carburar: los síntomas son hoy algo mejores que hace un par de meses, sí, pero Alemania y Francia, santo y seña del bloque, continúan abonadas a la atonía. Pero el cambio de guardia en la Casa Blanca, sinsabores comerciales al margen, ha abierto un abanico de oportunidades difícilmente imaginables hace menos de un año. Terreno fértil para los eurobonos, que vuelven a escena con cambio de atuendo: vestidos de oportunidad —y de las grandes— y no de necesidad, como en aquel 2021.