Gracias a la inefable combinación de pasta y carne, basta con añadir unos pocos ingredientes a la olla para obtener en minutos un platazo que sabe a cocina de casa
Compuesta por los ingredientes básicos –carne picada, salsa de tomate, queso y pasta–, la sopa de lasaña es una de esas recetas virales que copan las redes sociales y guardamos en Instagram para (seamos realistas) no hacerlas nunca. Hasta que pasaron las Navidades y me sobraron varias láminas de pasta de la lasaña que preparé para esas fechas. Era la oportunidad perfecta para probar la susodicha receta de sopa, eso sí, con una butifarra (sin piel) en lugar de la carne de ternera picada, y en la forma más light que las que circulaban por las redes, sin nata líquida y con el queso justo.
Desde entonces no he dejado de cocinarla con frecuencia: es uno de esos platos de cuchara que funcionan muy bien para una comida caliente de fin de semana, o para dejar preparada en la nevera ya que dura perfectamente dos y hasta tres días. También la he hecho en versión vegetariana con soja texturizada en lugar de la salchicha fresca, y queda muy bien. Otras veces he añadido unas hojas de espinaca baby fresca al final de la cocción, pero estas son variantes que –aunque recomiendo– van a gusto de cada uno.






