Noelia Castillo intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió de sentirse

“No mires a los ojos de la gente. Me dan miedo. Siempre mienten”, aseguraba Golpes Bajos en una canción aún más vibrante que nihilista. Exageraban. Hay miradas que no mienten. Al menos yo sentía un estremecimiento y absoluta compasión cuando observaba en fotografías o en televisión la mirada de

lo-de-nadie-simplemente-es-mi-vida.html" data-link-track-dtm="">Noelia Castillo, esa chica que ha tenido que esperar tanto para que su tránsito hacia el otro barrio o a la nada ocurriera sin sufrimiento, algo con lo que estaba trágicamente familiarizada. Ella intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió sentirse. Pero una asociación de abogados cristianos, en complicidad con el deseo de su padre, estaba empeñada en prolongar su infierno.

La eutanasia ha tenido piedad de ella. Yo, que no he votado nunca y si sucumbiera alguna vez a esa indeseada tentación, lo haría en blanco, le pediría a una cosa ancestralmente turbia o siniestra llamada Estado que ayudara a las personas hartas de dolor físico o moral, incapaces de aguantar más, a los que solo anhelan dormir y sienten intolerable angustia al abrir los ojos, que les facilitaran el sueño eterno, el final del sufrimiento, la huida de una existencia que no les amó.