El mundo fue muy cruel cuando abandonó a la joven a una vida de dolor, pero fue mucho peor cuando se compadeció de ella y quiso salvarla, anulándola y negándole su ser
Noelia Castillo era una persona mayor de edad con plena capacidad para decidir sobre su vida y su muerte. Así consta en cinco (¡cinco!) dictámenes de sendos tribunales y en los informes neurológicos, psiquiátricos y psicológicos incluidos en el expediente de la comisión que evaluó su caso y le concedió el
t="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/sociedad/2026-03-26/cronologia-del-caso-noelia-la-joven-paraplejica-tiene-programada-la-eutanasia-que-espera-desde-2024.html" data-link-track-dtm="">derecho a la eutanasia en abril de 2024. Pero una parte de la sociedad española, en la que se incluía a su padre, no le reconoció esa mayoría de edad. Noelia Castillo fue tratada como una niña cuya conducta puede ser reeducada, una niña que solo necesitaba cariño y atención.
Incluso en su última aparición televisiva, dos días antes de su muerte, se la consideró víctima de la manipulación morbosa. Se cuestionó su libertad para aparecer donde le diera la gana y decir lo que le apeteciese, como si una mujer adulta no pudiese discernir el alcance de sus palabras ni tuviera soberanía sobre su voz y su imagen. La forma en la que se la ha nombrado estos días es otro síntoma de infantilización: es Noelia a secas, como se llama a los niños, sin apellido, sin la distancia debida.















