La masificación de esta fiesta complica el disfrute de los pasos en la calle y las alternativas no son asequibles. “La estamos convirtiendo en un elemento de desigualdad”
La Semana Santa de Sevilla lleva años trascendiendo de lo meramente religioso, ritual y festivo -principales vertientes de esta fiesta en la capital andaluza- para convertirse en un evento masificado gracias, en buena medida, al efecto tractor del turismo. La afluencia de visitantes,
daluz-se-resiente-tras-semanas-sin-conexiones-de-alta-velocidad-y-de-sucesion-de-borrascas.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/espana/andalucia/2026-02-12/el-turismo-andaluz-se-resiente-tras-semanas-sin-conexiones-de-alta-velocidad-y-de-sucesion-de-borrascas.html" data-link-track-dtm="">que disparan las reservas de hoteles y alojamientos, satura los espacios públicos de la ciudad hasta el punto de hacer casi imposible disfrutar de los pasos. Una bulla, como se denomina aquí a la aglomeración de personas en la calle estos días, que contrasta con la comodidad con la que contemplan la sucesión de cofradías quienes tienen una silla o un palco en la carrera oficial -el recorrido obligatorio donde confluyen las hermandades para llegar a la Catedral y que no es de acceso público- o pueden asumir el coste de un balcón. En ambos casos se puede hablar de privilegio y lujo por lo difícil que es hacerse con un asiento y por el precio que hay que pagar por acceder a ellos -hasta 1.016,77 euros el abono de un palco y 9.000 un balcón-, una circunstancia que, cada año, enciende la polémica sobre la mercantilización de la Semana Santa y la barrera que separa a quienes tienen rentas más altas o contactos del ciudadano de a pie.








