La cocina del joven Alejandro Villa comenzó a desplazar a la cafetería de siempre de sus padres. Los taburetes desaparecieron, la barra se quedó sin su función original y comenzó el espectáculo de los pescados que es hoy en día este restaurante
Los códigos o protocolos que rigen en una cafetería poco tienen que ver con los de un restaurante. En la primera, los tiempos se miden como algo tangible, lacónico. Ese espacio de barra y taburetes es el sitio para esperar mientras tomas un café, hojear los ya casi desaparecidos periódicos de papel o refugiarte mientras la lluvia amaina. La cafetería de barrio es un lugar donde socialmente puedes estar solo sin pedir perdón por ello, incluso entrar, tomarte algo rápido o simplemente usar el baño sin demasiadas explicaciones.
Hoy, la evolución de muchas de estas cafeterías se fragua y se extingue con la misma persona o familia. El relevo generacional, tan presente en empresas familiares, pasa por todo tipo de fases. Desde la reforma del local hasta alguna que otra actualización en su oferta. Si el local está en una zona gentrificada, la tosta con mantequilla se hará con aguacate y el zumo de naranja con grumos pasará a ser uno de espinacas, limón y alguna alga en polvo. Lo que no es habitual es que este proceso pase de vender gofres con chocolate a servir cigalas de Llanes, o que evolucione del sándwich club al mero del Cantábrico.






