La trascendencia del holandés, capaz de abarcar cultura, política y estética, fue tan abrumadora y creativa como el fútbol que pregonaba

El 4 de mayo de 1988, el día que regresó ya como entrenador, mi padre alucinaba. Se relamía pensando en lo que podía ser aquello, en lo que había sido. Y mi madre, al lado, supongo que también. Era un jugador total, listo, contracultural y guapo a rabiar, añadía ella mientras en el televisor él se abría paso entre los destellos de los flashes en el aeropuerto del Prat. En casa nunca hubo carnés ni asiento en el estadio, el fútbol se veía en la tele. Pero e...

ra el único jugador al que mis padres habían querido reverenciar en el campo, incluso cuando jugó en el Levante. Verle correr, o volar, ya valía la entrada y el viaje por la A-7 en el Renault 18 blanco. Y tantos años después, ahí estaba de nuevo, para transformar un club cuya genética ya había modificado una primera vez.

Cruyff encajó como un guante en la idiosincrasia de Cataluña, como jugador y luego como entrenador. Era moderno, innovador, europeo, contestatario, político en su rebeldía, y un tanto tacaño, para qué engañarnos. Pero, por encima de todo, fue el psicoanalista que terminó con las manías de una institución que, hasta entonces, había sido más que un club, principalmente, por sus inagotables manías, traumas y complejos. Carne de diván argentino. O de camisa de fuerza.