Hubo un verano en el que me enamoré de Romario. Imposible no hacerlo, claro. Bastó con el póster que me regaló mi padre mientras nos tomábamos un Cacaolat en el Ambròs de Torredembarra, por la tarde, justo antes de darnos otro chapuzón en la playa. Aquel tipo bajito que hacía un malabarismo en la imagen no golpeaba la pelota: la acariciaba. “Dibujos animados”, que decía Valdano. Era 1993, aunque para entonces ya había descubierto más que de sobra el fútbol. “¡Bergkamp!”, me llamaba mi primer entrenador, Justo Basarte. Más adelante, cuando ya había cogido un poquito de cuerpo en la adolescencia, mi hermano el aventurero me instó a que me preparase: “Álex, nos vamos a Sopelana”. Y regresamos unas horas después a Zarautz con un par de tablas de surf en el maletero. Entonces (Hendaia, La Zurriola, Biarritz…) descubrí (y sufrí) la magia de las olas y las corrientes, y aprendí también que la interpretación del momento, el saber leer, es fundamental en la mayoría de las situaciones.
Ninguno lo hacía como él, Indurain, esencia de aquellos maravillosos veranos de los noventa en los que su pedalear, aquel ritmo casi inhumano, el de una locomotora, era el denominador común de aquellas tardes que guardo como oro en paño en mi memoria: julio, sobremesa, salitre, los ventiladores y el sudorcillo cayendo sobre la frente. Fuera donde fuera, todos al grito de: “¡Aupa Miguelón!”. Y ahí que obedecía siempre él, ceja arqueada y rictus imperturbable, ese gigante que nos levantaba de la silla y que desafiaba a la lógica con semejante constitución, con esa forma de competir tan única y tan elegante. Tan aplastante. ¿Cómo demonios conseguía resistir un hombre tan grande ante los desniveles de los Alpes y los Pirineos? Pero a todos los devoró, en fila india: Bugno y Chiappucci especialmente, y también a los Rominger, Pantani o Ugrumov. Maldito el día que se interpuso en su camino el tal Riis, dopado hasta las trancas, según confesaría una década después. Esa tarde, final de etapa en Pamplona, precisamente, todos le acompañamos en el descenso a los infiernos.






