Los plazos institucionales estipulados para recibir asistencia y apoyo socioeconómico (18 meses) del Gobierno a través de las ONG se han consumido

− ¿Eres de Ucrania? Allí ya está todo más calmado, ¿ya terminó la guerra, no?

− No, sigue y cada vez la situación es peor.

Anna Cherkalyna, de 38 años, se ha acostumbrado a recordar a los sevillanos que le preguntan que, cuatro años después de que Rusia invadiera su país, el conflicto —que ya ha dejado más de dos millones de muertos y casi 10 millones de personas desplazadas (fuera y en el interior)—, continúa. Es consciente de que la atención informativa, pero sobre todo el interés de la sociedad, ha remitido. Otras guerras han desviado el foco de atención y, conforme pasa el tiempo, también ha amainado esa ola de empatía y solidaridad que recorrió España en marzo de 2022, pocos días después de la ocupación, justo cuando ella llegó a Madrid con sus hijos Danylo y Yarik, que entonces tenían seis y ocho años, tras una huida traumática.

Desde entonces, los plazos institucionales estipulados para recibir asistencia y apoyo socioeconómico (18 meses) del Gobierno a través de las ONG se han consumido y es en ese momento cuando las familias ucranias se enfrentan a otro escenario de incertidumbre. “Lo peor llega cuando acaba el programa de ayudas, es cuando entiendes que ya no tienes ningún colchón, ninguna base para sobrevivir”, explica Anna en un perfecto castellano que aprendió online con su profesor de japonés, políglota, que le daba clases desde Tokio. Ella tuvo suerte y consiguió alquilar un piso. “Es muy complicado, porque somos refugiados no tenemos una nómina segura y eso hace recelar a los caseros”, cuenta.