El asesinato del ministro de Inteligencia iraní expone la vulnerabilidad de un aparato de seguridad incapaz de proteger a su propia cúpula

La muerte del ministro de Inteligencia de Irán, Esmail Jatib, en un ataque aéreo israelí en Teherán añade una nueva pieza al complejo rompecabezas del desgaste del núcleo duro de la República Islámica. Más allá del vacío de seguridad inmediato, el golpe al ministro de Inteligencia abre la puerta a tensiones internas dentro...

del entramado de seguridad del régimen, ya que representaba un ministerio cuyo titular ha sido históricamente designado con el aval del líder supremo -que hasta el pasado 28 de febrero era Ali Jameneí, al que su hijo Mojtaba lo ha remplazado tras su muerte- cuyo peso ha sido decisivo en la vida política y social del país durante décadas.

Jatib no era un rostro mediático, pero su influencia en momentos clave fue notable, con una trayectoria marcada por acusaciones de violaciones de derechos humanos, represión interna y operaciones de seguridad más allá de las fronteras iraníes.

Seyed Esmail Vaezí, conocido como Esmail Jatib, nació en 1961 en Qaenat, en la provincia de Jorasán del Sur. A lo largo de su carrera ocupó altos cargos de seguridad, pese a no contar con formación académica en ámbitos como la política o la inteligencia. Su trayectoria se forjó en seminarios religiosos, donde fue discípulo de Ali Jameneí y del clérigo ultraconservador Mesbah Yazdí, un bagaje que facilitó su ascenso dentro de las redes ideológicas y de poder de la República Islámica.