La número uno, de 27 años, se expresa de la misma forma que compite: arrogancia, autenticidad y autoconfianza. Su carisma es hoy indispensable para llenar el vacío
¿Por qué hacerlo con sencillez, cuando una es la número uno del mundo? Porque sencillamente, ella es así: única y genuina, a la vez poderosa y necesaria. Ningún aterrizaje retumbó más en Indian Wells que el de Aryna Sabalenka, quien hace dos semanas irrumpió en las instalaciones luciendo orgullosa y feliz el dedo anular. Antes, la bielorrusa —citada este domingo (19.00, Tennis Channel)
lcaraz.html" data-link-track-dtm="">con la kazaja Elena Rybakina en la final del torneo— había publicado un vídeo en sus redes sociales en el que su novio, Georgios Frangulis, le proponía arrodillado matrimonio. Una escena cubierta de pétalos de rosa blanca y envuelta en flores. En el fondo, muy acorde a Sabalenka, a la que nunca le gusta pasar de puntillas por ningún lado, sea donde sea.
“Soy como soy, no quiero ser falsa”, reitera la referencia actual del tenis femenino, que desde la retirada de Serena y el adiós previo de la rusa Maria Sharapova, echa en falta a jugadoras-símbolo que lo proyecten y arrastren al aficionado, capaces de recoger el testigo de las dos estrellas que se fueron y dejaron un inmenso vacío. Se postuló en su día la japonesa Naomi Osaka, pero su tirón mediático no terminó de encontrar correspondencia en los éxitos deportivos, interrumpidos de forma abrupta. Rompió el cascarón luego Coco Gauff, con 15 años, pero su discontinuidad en la pista le penaliza y su personalidad poco o nada tiene que ver con la de su compatriota Williams. Y se diluyó de inmediato la británica Emma Raducanu, al parecer, flor de un solo día.






