La palabra ya se usa para definir las excusas que los poderosos nos dan para ejecutar sus tropelías. Ha perdido todo el sentido

Solíamos decir que cuando el aceto balsámico, las berenjenas con miel o el rulo de cabra en ensalada llegaran al restaurante El Cruce sería porque la nueva cocina había tocado fondo. En cambio, el guiso popular se adapta a los fogones sofisticados con naturalidad porque cualquier potaje está testado por millones de bocas que a lo largo de los siglos encontraron en ese sabor espeso y cálido la fórmula del consuelo ante la intemperie. El viaje gozoso de los sentidos,

-track-dtm="">del olfato al gusto, del gusto a la barriga. La barriga caliente, el mejor inductor al sueño de niños y viejos.

Con el lenguaje ocurre igual: dura más aquello que viaja de abajo a arriba. La expresión que se inventa en la calle, o alguna otra que brilla en la literatura popular, se pone en boca del pueblo, se asienta en la lengua y al cabo de los siglos pierde la autoría y casi el origen, aunque el diccionario de Manuel Seco indague en ese viaje fascinante. Está ocurriendo ahora un caso a estudiar: abundan en tal grado los contertulios y sus consabidas tertulias políticas que, cuando alguno introduce una palabra nueva, que puede ser local o un anglicismo recién importado, y tiene éxito y cunde, se produce el milagro: los tertulianos se enamoran de la nueva expresión y se aferran a ella como si no hubiera otra que pudiera sustituirla. A esto se añade que, cuando un término novedoso se comparte con tu gremio, sientes que estás definitivamente integrado en una élite de personas bien informadas que saben desentrañar lo que nos pasa.