El actual conflicto en Oriente Próximo no provocará una crisis como en los años 70, pero sí afectará a los más débiles. El resto de países debería buscar un modelo alternativo al del presidente de EE UU para preservar los valores occidentales

¿Provocará la guerra de Irán una recesión económica mundial? ¿Estamos abocados a aceptar el mundo sin normas que intenta imponernos Donald Trump? La respuesta inicial a estas preguntas sólo puede ser “depende”. Si leen o escuchan respuestas más categóricas, desconfíen. En economía no hay verdades generales, más allá de la banalidad de decir que “los incentivos importan”. ...

En todo caso, ¿de qué dependen estas respuestas? De los supuestos que hagamos sobre cuestiones como la duración de la guerra, si será corta o larga; los daños que puede acabar provocando sobre el sistema mundial de energía; los efectos sobre los precios energéticos, si van a ser temporales o duraderos; el impacto sobre los precios de los alimentos y otros productos básicos; las intenciones de Trump; y, la conducta que adoptarán los países directa e indirectamente afectados.

Aun así, economistas sabios nos han advertido de lo arriesgado que es hacer predicciones sobre el futuro. En los años veinte del siglo pasado, en circunstancias que riman con las actuales, John Maynard Keynes decía lo siguiente: “La perspectiva de una guerra en Europa es incierta, el precio del carbón y el tipo de interés son inciertos (…). Sobre estas cuestiones no hay una base científica sobre la cual basar cualquier probabilidad calculable. ¡Simplemente, no lo sabemos!”. Por su parte, John K. Galbraith, con su característica ironía, señaló que “la única función de la predicción económica es hacer que la astrología parezca respetable”.