El problema específico del amor es más bien haber traicionado una alegría con el desencanto del tiempo

Uno no debería viajar solo donde antes ha viajado enamorado. Hay algunas razones poderosas por lo obvias, empezando porque el amor sabe buscar sus sitios y nos llevará a Córdoba o a Nápoles o a París antes que —con perdón— a Collado Mediano. Si se fijan, además, hay una cierta predestinación en estos viajes: una especie de providencia o de ángel de la guarda de los enamorados por el cual todo sale bien incluso cuando sale mal; si hace sol, porque parece que la primavera en conjunto se ha puesto de nuestro lado; si llueve, porque acuérdate cómo llovía. Después, cabe pensar —aunque

tle="https://elpais.com/diario/2006/01/14/babelia/1137197178_850215.html" data-link-track-dtm="">el amor gusta, como dice el Lied, de la errancia—, que alguien es más alguien cuando su figura destaca en un tiempo y, sobre todo, en un paisaje: “me dueles en Galicia en 2012”. Son siempre curiosas las materialidades —libros, imágenes— que nos evocan ante los demás, pero quizá ninguna más intensa que las ciudades y los restaurantes, los hoteles y los bares que fueron un día santos lugares del amor.

Por supuesto, no es sabio viajar solo donde viajamos enamorados por la melancolía física de la pérdida, por la vivencia del rostro perdido como miembro fantasma. Contra esto nada ha mejorado las recetas de los clásicos: dejar que pase el tiempo y, si uno es propenso, leer algún poema. Hay, sin embargo, otras razones no por más sutiles menos devastadoras. El ser humano vive de comparar, y la presencia del enamorado sobre el mundo es la manera más poderosa que tenemos de habitarlo: una exaltación que contrasta a aquel que fuimos con el sabor a agua tibia de la normalidad presente. Los amores fallidos, de alguna manera, nos hacen viejos. Y puede haber un sentimiento amargo al pensar en el caudal de felicidad que se nos dio y que quizá malversamos.