Una nueva izquierda intenta recuperar la figura del hombre fuerte y resolutivo, en los últimos años monopolizada por la derecha. ¿Pero cuánto hay de performático y cuánto de real en esa imagen?
Regresan los tipos duros. Al menos, al terreno de la política y no solo a los partidos más de derechas, de los que (caballos, chuletones y simbología guerrera mediante) nunca se marcharon. Desde hace algunos años ganan presencia en espacios de izquierdas, y lo suyo no es tanto un desplazamiento ideológico como una estrategia comunicativa. Hoy muchos líderes y referentes progresistas buscan proyectar una imagen disciplinada y agresiva mediante una estética que no se desvía un milímetro de aquella masculinidad más ortodoxa o tradicional que hasta hace poco era cuestionada.
Políticos que presumen de decir “las cosas como son”, que visten ropa de trabajo (como la icónica chaqueta Carhartt Detroit), que dejan que sus músculos asomen y que sostienen que sus respectivas organizaciones se han alejado de los problemas de los obreros, centrándose en causas secundarias y cayendo en lo que algunos ensayistas afines denominan “la trampa de la diversidad”.
A quien esté al día de la actualidad política se le ocurrirá un ejemplo con nombres y apellidos: Emilio Delgado, conocido como “el Rufián de Móstoles” y que participó en un acto con este destinado a crear una gran coalición de izquierdas. “Antes la derecha estaba vinculada a las élites, a la ópera, y los campos de fútbol y los bares eran territorio de la izquierda, pero ha pasado que la derecha ha entrado en ellos porque nosotros ya no estábamos”, afirmó.






