Abandonar la defensa del orden internacional basado en reglas supondría renunciar a los principios fundacionales de la UE

El cruce de declaraciones entre los más altos responsables de la Unión Europea sobre cómo actuar tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán es una buena muestra de la convulsión que está causando la ruptura del derecho internacional. Sería ingenuo ignorar el deterioro acelerado que sufre el equilibrio que emergió tras la Segunda Guerra Mundial, un sistema basado en normas más o menos asumidas y respetadas por la comunidad de naciones, en la multipolaridad y en la conveniencia de evitar el uso de la fuerza para solucionar los conflictos. Pero sería letal para Europa contribuir a él. La irrupción de Trump y su dinámica de “conmoción y asombro” —aplicable tanto a la economía como a la diplomacia— no ha hecho más que agravar una tendencia encarnada por el ruso Vladímir Putin en el plano bélico y por el chino Xi Jinping en el económico y tecnológico. La novedad, y el drama, radica en el empeño del presidente estadounidense en dinamitar un multilateralismo que su propio país, sin renunciar a la hegemonía, contribuyó decisivamente a construir.

En este contexto se ha producido una fisura nada menos que en la cúspide de lo que puede ser calificado sin exageración como el proyecto multinacional de cooperación pacífica, progreso y libertad de mayor éxito en el último siglo: la Unión Europea. Así, el lunes, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, dio por finiquitado el orden internacional basado en reglas y afirmó que Europa ya no puede ser su guardiana. La política conservadora alemana puede legítimamente sostener su opinión personal sobre lo que debería ser la realpolitik europea, pero como presidenta de la Comisión no debería invadir las competencias de Exteriores que, de acuerdo a la arquitectura de la Unión, no le corresponden. Menos aún después de que Europa, sin tener que renunciar a sus principios, haya dado pasos —si bien tímidos— hacia la autonomía defensiva con los planes de política común de seguridad, el paraguas nuclear francés o el envío de tropas a Chipre.