Nos enfadamos demasiado y con quien no debemos. Y eso provoca leer cualquier cosa con voluntad de responder, ni siquiera de entretenerse
Me he acordado, como es natural, de Rafael Sánchez Ferlosio debido a las reacciones desesperadas a esto de Chalamet (“no trabajaría en ópera o teatro: hay que mantenerlos con vida porque no importan a nadie”). Ferlosio escribió esto en EL PAÍS y lo extraigo de un artículo definitorio de su tiempo y el nuestro: “Nunca se había visto un mundo en el que todo el mundo ande como loco deseando ser ofendido, con las orejas como las de una liebre atentas a no perderse la menor palabrilla q...
ue se diga, por si ofrece algún sesgo que permita, siquiera sea amañadamente, habilitarla para ofensa”.
Puede tomarse uno en serio a Chalamet o no (puede incluso deducirse que sigue, poco avisado, de seguir interpretando su último papel: hay actores muy cucos), pero es feo enfadarse. Enfadarse, de hecho, debe volver a estar donde siempre estuvo: pasado de moda. Uno puede escuchar una boutade que le ofende, o una provocación, o una verdad tan cruda que se le hace insoportable, sin molestarse por ello, sin ponerse a hacer aspavientos infantiles y rebatirlo con argumentos tan lógicos que te hacen parecer ridículo y legitiman al que te enfada. A Chalamet hay que decirle, en el mismo tono, que a veces lo importante de los seres humanos son los saberes que no sabemos para qué sirven, las lecciones que aprendemos y no sabemos a quién dar, el idioma que aprendemos sin saber si alguna vez tendremos que usar. Por supuesto, en esa clasificación no están la ópera ni el teatro, pero podrían. Chalamet, y yo mismo, podríamos entender de ello e incluso hacernos expertos sin importarnos su impacto. Como a Sócrates: mientras su verdugo le preparaba el vaso de cicuta que fue condenado a beber, el filósofo intentaba aprenderse una complicadísima pieza a la flauta. ¿Para qué quieres saberla, si en unos minutos morirás?, le preguntaron. Para saberla, respondió él: por el placer de morir sabiendo una cosa más.







