Una nueva corriente de creadores que habla con pasión y sensibilidad de sus obras y construyen un personaje artístico levanta tantas pasiones como insultos en redes sociales
Hace algunas semanas, Delia Rodríguez escribió en este periódico que creadoras como la novelista Sara Barquinero o las ensayistas Ana Garriga y Carmen Urbita muestran sin complejos todo el conocimiento, la inteligencia y las maneras que durante sus años de formación les valió la etiqueta —impuesta casi siempre con sorna— de empollonas. El éxito en ventas y crítica de estas autoras que exhiben su brillantez y sus referencias con orgullo sucede mientras ellas mismas y muchos otros artistas que también proponen miradas complejas o se muestran abiertamente vulnerables reciben insultos en redes sociales o padecen ataques personales y una fiscalización constante de su aspecto, su esfera íntima y hasta de su voz y su gestualidad.
Es algo que, con distintas intensidades, sufren o han sufrido creadores como Óliver Laxe, Sara Torres, David Uclés o Pol Guasch y para analizar el fenómeno conviene, en primer lugar, descartar otros escenarios que no serían tan novedosos: en este acoso virtual no hay nada de refutación de las ideas expuestas o de crítica legítima al pensamiento del autor. Aquí tampoco queda ya rastro de los mecanismos que movían aquellas cancelaciones woke de las que tanto se habló y que, en la mayoría de los casos, resultaron ser espejismos, puesto que los afectados continuaron trabajando tranquilamente. Estamos ante algo más antiguo, que, como tantas otras cosas, ha encontrado impulso y se ha renovado en Internet: machismo u homofobia, bullying, ridiculización o, simplemente, mofa del diferente. Además del habitual descrédito por razones políticas —que puede llegar desde dos frentes: el de la ultraderecha o el de los que juzgan el nivel de compromiso de cada autor y si su producción es funcional o no al capitalismo—, hablamos de un matonismo y de una crueldad que parecían superadas.






