Cuántos hombres nunca sabrán por qué solo lloran viendo su deporte favorito

Scotty Bowers, granjero antes que paracaidista, combatió en Iwo Jima siendo apenas un adolescente. Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, abandonado a su suerte como tantos veteranos, se mudó a California para ganarse la vida como gigoló en Hollywood. Antes de morir, dio muchas entrevistas por su participación en un libro picantón sobre la evidente

pais/2020/12/08/album/1607460184_784922.html" data-link-track-dtm="">carga homoerótica de los álbumes de fotos de los soldados de aquella época. Bowers me explicó que el ejército de Estados Unidos siempre ha sabido que el apego entre hombres es una energía muy poderosa. Por eso manda a sus marines a luchar en parejas, porque sabe que, una vez te encariñes con tu compañero, harás lo imposible por salvarle y viceversa. Cuando le pregunté qué había sido de su buddy de Iwo Jima, se echó a llorar.

Aquel indiscutible patriota siempre negó ser homosexual. Sabía que sus vecinos le iban a mirar mucho peor si contaba que le gustaban los penes que si explicaba con detalle cómo había matado a decenas de chavales de su misma edad en una isla japonesa. Y, aun así, se atrevía a decir que después de haberse arrastrado durante meses por el barro bajo las bombas sin saber si la próxima onda expansiva se lo llevaría por delante, arrodillarse con fines eróticos frente a otro hombre no le parecía tan terrible. Su camarote, eso sí, estaba forrado de fotos de señoritas.