Ángel nunca llevó sombrero, pero sin duda fue cowboy. Se crió como un hombre sencillo en el seno de una familia de granjeros de aspiraciones elementales. Creció, se casó bien, y vivió décadas felizmente entregado a la tarea de engordar terneros en la finca familiar, en un paraje idílico de telefilme de domingo, de prados verdes moteados de florecillas amarillas, con un pantano y todo.
Cuando el turismo rural empezó a ponerse de moda, a principios de los noventa, su señora supo descubrir en esa coyuntura una oportunidad para ambos de tener una vida más tranquila y menos rústica. Con los abuelos ya retirados, y tras un breve periodo de negociaciones conyugales antes de ir a dormir, Ángel despertó una mañana profundamente convencido de la idoneidad de transformar la vieja granja familiar en un resort y emprendió enseguida la reforma del rancho.
Tiró tabiques, construyó habitaciones y suites. Instaló muchos baños. En la planta baja apañó un pequeño restaurante y un bar. Lo que había sido almacén de leña se transformó en salón de lectura y juegos. Para costear las obras se deshizo de buena parte del ganado. Mantuvo sólo las yeguas y las cuatro vacas necesarias para dar el toque auténtico a las fotos de los turistas.






