Ciertos entornos interactivos permiten estimular la imaginación y el pensamiento autónomo en los menores, pero siempre con acompañamiento adulto y límites equilibrados

Hace décadas, la imaginación de los niños —y no tan niños— se desbordaba a través de cientos de piezas y muñequitos con los que se pasaban horas inventando mundos que se materializaban en vehículos, personajes o infraestructuras. Sin embargo, la llegada de videojuegos de temática como la construcción, la gestión de ciudades o mundo abierto ha permitid...

o a los jugadores llevar más allá los límites de su imaginación. En el caso de los más jóvenes, se abre además la posibilidad de que estos tengan un papel relevante en su desarrollo cognitivo y emocional.

“Siempre se ha defendido el aprendizaje lúdico. El juego es la base. Si somos serios con nuestro aprendizaje, aprendemos a base de ensayo y error. Todo tiene una parte positiva y negativa, pero hay que intentar ver la primera en todas las tecnologías en general y en los videojuegos en particular”, defiende Verónica Marín, profesora en la Universidad de Córdoba y experta en tecnología educativa.

Desde el punto de vista psicológico, aquellos videojuegos que consisten en la construcción y el mundo abierto pueden ser una forma de juego simbólico: “Para considerarse como tal, el niño tiene que ‘jugar como si’. Es decir, inventar historias, crear reglas, probar roles y dar sentido a lo que ocurre con creatividad e imaginación”, explica Miriam Miguel, psicóloga sanitaria infantil y profesora de la Universitat Oberta Catalunya (UOC). Además, indica que este tipo de entretenimiento es necesario para el desarrollo madurativo: “Permite la elaboración emocional al transformar su mundo interno en narrativas que puede interpretar y divertirse”.