La digitalización, pantallas, juguetes inteligentes y el consumo audiovisual constante han erosionado la capacidad de crear mundos propios

Fran Pérez, periodista de 30 años, recuerda perfectamente el día en que sus amigos se aburrieron de los juegos de niño. “Un día terrorífico”, asegura. Fue acusado de ser infantil por negarse a participar en las nuevas actividades que sobre todo consistían en apartarse a un rincón a hablar o permanecer en ese mismo rincón observando a otros grupos de chicos y chicas. Para defenderse de las acusaciones, les dijo a sus amigos algo que hoy repite con orgullo: “A vosotros lo que os pasa es que no tenéis imaginación”.

Estas palabras, dichas por un niño hace más de 20 años, no se alejan tanto de realidad: la imaginación, facultad que permite representar mentalmente cosas que no se perciben directamente por los sentidos, se ha deteriorado. Es uno de los efectos que han tenido sobre las mentes las nuevas tecnologías y el debate público ha olvidado la reivindicación de este recurso cognitivo.

Se habla de la pérdida de atención, de memoria o incluso de la capacidad de orientarse, pero no de la atrofia imaginativa. “Es muy fácil no hablar de ello porque todos nos creemos capaces de imaginar, es una cosa de fondo, como el aire, que se asume que siempre va a estar”, afirma Begoña Quesada, periodista y autora de En defensa de la imaginación (Paraninfo, 2023), Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2023.