En temporada de regalos, los expertos analizan el impacto cognitivo y emocional de los peluches inteligentes y piden reflexionar sobre qué datos almacenan

Un peluche con pantallas en los ojos y tan pequeño como un llavero. A primera vista, parece un Labubu: grandes pupilas, un pelaje afelpado y cuenta, como este popular muñeco de menos de 20 centímetros, con un gancho para colgarlo al bolso. Su nombre es Smart Hanhan y circula por internet en su variante púrpura, gris y amarillo. Recientemente, Huawei lo empezó a vender en China a 399 yuanes (unos 48 euros). Pese a su apariencia dócil e infantil, como la de un típico peluche, Smart Hanhan lleva en su interior el asistente inteligente Xiaoyi, también conocido como Xiaoice, una herramienta de inteligencia artificial (IA) que conecta al diminuto personaje con un modelo de lenguaje capaz de interactuar y, según la empresa tecnológica china, también procesar emociones.

Se ha documentado que este tipo de juguetes inteligentes responden a las preguntas de los pequeños con contenido inapropiado o peligroso. Y su uso también plantea dudas desde el punto de vista de la privacidad. Para Borja Adsuara, jurista experto en derecho digital, el mayor peligro tiene que ver con el derecho a jugar sin ser observado. “¿Qué reducto de intimidad les va a quedar a los niños?”, se pregunta.