J. E. abandonó el 20 de noviembre la prisión de Quatre Camins tras pasar cinco años y busca pasar página
El 20 de noviembre, J. E. metió todas sus cosas en dos mochilas y le dijo hasta nunca a la prisión de Quatre Camins, a 28 kilómetros al norte de Barcelona. Los días previos estaba ansioso por que llegara el momento. Sentía la necesidad de arreglar su vida y dejar atrás la carpeta con los errores que han acabado marcando sus últimos cinco años de encierro. “Allí dentro tienes mucho tiempo para autoanalizarte y sé que no soy mala persona”, se reivindica este hombre de habla tranquila nacido un 29 de febrero de hace casi 62 años. Asegura ser fuerte y cierto optimismo impregna su discurso. Pero también es realista, sobre todo ante algunas expectativas incumplidas en sus primeras semanas de liber...
tad, como cuando se vio obligado a dormir un par de días en la calle porque se había quedado sin dinero para pagarse una habitación: “¿Eso no se puede preparar antes? En algunas cuestiones he perdido la fe en el sistema”.
La impotencia de aquellas noches al raso fueron otro golpe de realidad en su vida. “Si cuando entras en prisión se te cae el mundo encima, cuando sales ves que cuesta mucho abrir las puertas”. Las suyas empezaron a cerrarse hace nueve años, justo antes de que naciera la primera y única hija de su segundo matrimonio. Una compleja situación familiar en casa, según explica, le provocó una “depresión” que intentó sobrellevar como pudo y con el consumo de cocaína. Trabajaba en una empresa de mensajería y, tras acumular diferentes faltas, acabó conduciendo sin puntos, lo que acabó convertido en una condena de nueve meses de prisión. Pero los problemas en el hogar familiar acabaron también con una pena por maltrato psicológico a su mujer —“ahora tenemos una buena relación”, asegura— y su drogodependencia a un delito de apropiación indebida continuada por el dinero que se quedaba de su empresa para poder consumir sin dejar rastro en la economía familiar.






