El país más oriental de la UE ve peligrar su imagen como puerto seguro de los negocios de la región tras sufrir el ataque de drones iraníes
El aire templado del Mediterráneo mece a los jilgueros que revolotean en la galería del restaurante Oasis, posándose de vez en cuando en sus mesas vacías. Desde sus ventanales se domina la bahía de Limasol, en Chipre: un par de rusos atrevidos nadan en las aguas aún frías, mientras las fragatas de la Marina Militar de Grecia enviadas a defender la isla toman posición en el horizonte. “Hace ya unos días que no viene casi nadie”, lamenta Andriana, la propietaria del local, donde solo un par de jubilados británicos ingieren un temprano almuerzo y una anciana griega escribe en su diario.
Desde que la noche del domingo de la semana pasada un dron de fabricación iraní impactó en la base británica de Akrotiri, no ha habido un día en que no hayan sonado las sirenas advirtiendo de la detección de objetos sospechosos en dirección a Chipre. Los cazas británicos y griegos han elevado el vuelo en varias ocasiones para hacerles frente, si bien el Gobierno chipriota arguye que la mayoría de las ocasiones se ha tratado de “falsas alarmas”.
Aunque las instalaciones militares de la Real Fuerza Aérea (RAF) quedan a unos seis kilómetros, el territorio bajo soberanía británica comienza justo donde se halla el propio restaurante Oasis y se extiende a lo largo de 123 kilómetros cuadrados. Cuando Londres concedió la independencia a su antigua colonia en 1960, se reservó este territorio y el de Dhekelia, en el este de la isla, para mantener un pie en Oriente Próximo. De hecho, ambas bases han sido utilizadas en la invasión de Irak, en la guerra de Afganistán, la operación contra Gadafi en Libia y la protección de Israel durante el ataque de Irán de 2024. Y el inmenso sistema de radares instalado en Dhekelia, que puede captar señales hasta en Afganistán o Rusia, comparte información con Estados Unidos.














