Frente a la fiesta de la mediocridad del nuevo fútbol, celebro las malicias de barrio, a las que estoy más atento que a los planes de cualquier entrenador

Una pared, un caño, un sombrero o una bicicleta son objetos ordinarios que tienen una sólida, e inesperada, reputación futbolística. Metáforas que representan virguerías del juego. Estoy más atento a esas cosas que a los planes del entrenador. Frente a la fiesta de la mediocridad del nuevo fútbol, celebro estas malicias de barrio....

La pared, cuando jugábamos en la calle, no se trataba de ninguna fantasía. Nos apoyábamos en una pared de verdad para eliminar a un rival haciéndole un dos, uno. La pared era un compañero eventual que devolvía la pelota: “El wing que mejor la toca”, dijo el poeta. El reglamento callejero lo autorizaba. En una cancha de verdad, la pared se hace metáfora en un compañero. El que trae la pelota la propone y el otro la devuelve. Las hay largas como contragolpes y cortitas como una conversación. Solo se puede contrarrestar chocando al que la tira para interrumpir su carrera, solución antirreglamentaria que ya no atienden ni los árbitros. Cuentan que Pelé tiraba paredes con los rivales. Les lanzaba el balón a las piernas y, antes de que el pobre tipo pudiera reaccionar, recogía el rebote. Una pared prepotente. Estos genios no respetan nada.