En aquel garaje decadente del centro de Lisboa, el viejo alquimista de Benfica daba forma a aquellas embriagadoras flores de ruina que iban saliendo como sin él quererlo. Literatura ‘malgré moi’, le gustaba llamarla
No eran, aun siéndolo, meras letras, palabras, líneas, párrafos, páginas, libros. Eran gemas. Las iba extrayendo António Lobo Antunes de las minas subterráneas de su fecunda aunque cruel imaginación, la personal primero, la literaria después, hasta hacerlas una, esa donde confluyen las nostalgias de lo que hicimos y las frustraciones por lo que ya no podremos hacer.
En aquel garaje decadente de la Rúa Gonçalves Crespo del centro de Lisboa, garaje reconvertido en el estudio de un pintor, a la sazón su primo José, asomado a aquella mesa de dibujante, fumando un gitanes tras otro, rodeado de lapiceros, plumillas, música de jazz y jungla de cachivaches, António —fuimos amigos, así que António, o querido António, o incluso joder, António, qué mala hostia te sale cuando quieres— el viejo alquimista de Benfica daba forma a aquellas embriagadoras flores de ruina que iban saliendo como sin él quererlo, porque ya lo decía, te atravesaba con aquellos ojazos azules y te soltaba como si nada: “Mis libros se hacen solos, a pesar mío, hay como una lógica interna en ellos que se me escapa”. Literatura malgré moi, le gustaba llamarla.






