El lugar de la literatura sin añadiduras podía tener su origen en cualquier punto, pero, como dijo Roberto Calasso, constituía siempre un reino separado
Un amigo y buen librero quiso, la semana pasada en Madrid, que le explicara mejor qué había detrás de la última línea que acababa de leer ante el público: “La literatura, sí. Nada que tenga demasiada importancia, y por eso precisamente tan interesante”. ...
¿Por qué “precisamente tan interesante”? Me llegó la impresión de que aquella última línea tenía todos los números para infiltrarse y prolongarse en la fiesta que empezaba acto seguido. Le expliqué al amigo y buen librero que se trataba de un guiño a Agatha Christie, que afirmaba resolver los casos policiales más difíciles gracias a prestar atención a lo que, por su aparente insignificancia, no despertaba interés alguno.
Aclarada la línea, le hice al amigo una pregunta que llevaba madurando hacía tiempo: si sabía por qué del mismo modo que hay en toda librería las tradicionales secciones de narrativa, ensayo y poesía, no había en ellas una sección cuyo nombre evocara la célebre observación de Goethe en 1827, según la cual el mundo estaba entrando en la Weltliteratur, en la “literatura universal”, donde lo importante no sería ya el lugar de origen de los escritores, sino su destino: la literatura, sin más añadiduras.






