Paula e Ibrahim han abierto una casa árabe en mitad de la ciudad y una parada en un cercano mercado municipal para el disfrute de la comida y la cultura palestinas
Da buen rollo nada más entrar. Por el sol que inunda la estancia desde el patio interior, por el olor a especias, por la cerámica mediterránea de sus paredes blancas, por los muebles que resultan familiares, entre los que destaca una mesa de generosas dimensiones y, sobre todo, por la hospitalidad que exhiben Paula e Ibrahim. Es La Casa de Rojas, una casa árabe en mitad de Valencia (Carrer de Simón Ortiz, 1) que se ...
ha convertido en una singular embajada de la gastronomía y la cultura palestinas. Allí se disfruta de otro ritmo de vida, más sosegado, ajeno al estrépito del cercano tráfico, mientras se aprende cómo se hace el auténtico hummus o se ponderan las virtudes del ingrediente palestino por excelencia, el za’atar, una mezcla de hojas de tomillo, sésamo tostado y sumaq (o zumaque, una especia de color rubí de sabor ácido afrutado, ligeramente ahumado).
“Y ahora podemos coger un poquito de pan, lo mojamos en aceite, de oliva, claro, y luego lo pasamos por el cuenco de za’atar”, explica Ibrahim a un grupo reducido de personas reunidas en el taller. Ese mismo za’atar es el que se pone sobre una base de harina y agua que se amasa y luego se hornea unos minutos y que no es otra cosa que una pizza, que los italianos han sabido vender muy bien por todo el mundo, pero que se hace en todo el Mediterráneo desde tiempos remotos, explica con buen humor el maestro de ceremonias, nacido en Aqaba, ciudad jordana del mar Rojo, más antigua que la Biblia, y descendiente de una familia palestina expulsada de Jerusalén en 1948. “Son com les coques valencianes de tota la vida“, interrumpe Paula en valenciano, fuera de plano, desde el patio.







