Las IA generativas son herramientas al servicio de la Humanidad, pero no están siendo usadas para conseguir la paz sino que están al servicio de la guerra
Las cárceles que elegimos (Lumen, 2018), el libro que recoge varias conferencias impartidas por Doris Lessing en 1985, comienza explicando dos historias. En la primera, la autora cuenta que, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, conoció a un sabio granjero que pertenecía a la minoría blanca gobernante de Zimbabue, antes Rodesia del Sur, país donde se crio. Poseía algunas de las mejores vacas del país, y otros granjeros acudían a él buscando consejo. El hombre, cuenta Lessing, decidió imp...
ortar un semental escocés que le costó 10.000 libras esterlinas. Aquel toro debió ser un espectáculo: enorme y majestuoso, pero muy manso. Tenía su propio cuidador, un niño negro de 12 años a quien un día el animal, repentina e inexplicablemente, mató. El granjero decidió que había que sacrificarlo: “El toro ha matado, el toro es un asesino y debe ser castigado. Ojo por ojo, diente por diente”, dijo. Un pelotón de fusilamiento acabó con él. El granjero “no era ni un paleto ni un ignorante”, explica la escritora, “pero su acto —el de condenar a un animal por haber cometido una maldad— se remonta al más remoto pasado de la humanidad, es tan antiguo que no sabemos dónde empezó, pero sin duda ya ocurría en aquellos tiempos lejanos en que el hombre apenas sabía diferenciar entre seres humanos y bestias”.







