Los ayatolás y militares que rigen con mano dura los destinos del país se hallan frente a una “lucha existencial” por su supervivencia. Por eso su apuesta es alargar el conflicto

El asesinato de Ali Jameneí el pasado sábado en un ataque ha convulsionado, en apariencia, la estructura de poder en la República Islámica. El líder supremo constituye el nexo de unión entre los diferentes estamentos que componen el —intrincado y anular— sistema de gobierno iraní y preside las fuerzas armadas junto con los grupos paramilitares, que dependen directamente...

de él. Eliminar por tanto a un personaje que, además, ejerce un ascendente espiritual notable entre millones de chiíes duodecimanos, quienes lo consideran intermediario entre los fieles y el imam oculto o mahdi que reaparecerá al final de los tiempos, pone en evidencia, además, a los servicios de inteligencia de Teherán. Sabiendo que Jameneí encabezaba los objetivos prioritarios de la ofensiva estadounidense —el propio Donald Trump dijo que era “un blanco fácil”—, no se explica cómo se les ocurre organizar, en su residencia oficial en el centro de la capital, una reunión con algunos de los máximos representantes del estamento militar y la inteligencia.