Para mejorar el vínculo paternofilial son esenciales las conversaciones que respetan la edad del menor, fomentan la reciprocidad y no se perciben como control

En una época marcada por pantallas, prisas y conversaciones fragmentadas, muchas familias se preguntan cómo recuperar un diálogo real con los hijos, especialmente durante la adolescencia. Lejos de fórmulas mágicas, especialistas en salud mental coinciden en que la clave no es tanto en encontrar la pregunta perfecta como en revisar el lugar emocional desde el que se habla. Porque, más que una técnica, la comunicación familiar es una construcción cotidiana basada en confianza y presencia.

Para la psicóloga y terapeuta Carmen Durang, el principal obstáculo aparece cuando la conversación se percibe como control. “Si la frase suena a examen o a revisión, el otro se cierra. Y no por capricho, sino por protección”, explica. Según la también autora de Humano antes que urgente (Grupo J3V, 2025), los adolescentes no responden a la autoridad rígida, sino a la sensación de autenticidad. “Un adolescente no se abre ante un rol; se abre ante una persona”, resume.

Durang propone lo que denomina “distancia cero”, una forma de acercamiento basada en compartir primero algo propio antes de pedir al hijo que se exprese. Puede ser una emoción cotidiana, un recuerdo o una experiencia personal que reduzca la desigualdad del rol adulto-hijo. “No se trata de hacer terapia en casa, sino de crear un punto de cercanía donde el otro perciba que no está siendo evaluado”, señala. Cuando ese clima existe, añade, la pregunta deja de sonar a interrogatorio y se transforma en conversación.