El presidente de EE UU es el máximo responsable de la aplicación de la ley y también el principal rebelde contra el Estado. Los agentes del ICE entran por la fuerza en los hogares sin orden judicial

En el verano de 1989, Francis Fukuyama presentó su visión del fin de la historia. Dado que el capitalismo liberal-democrático es el mejor orden social posible, argumentó, no era posible ningún progreso adicional, salvo mediante la realización gradual del orden preferido en todo el mundo.

Pero el “fin” duró apenas tres décadas como máximo, y ahora nos encontramos en el extremo opuesto: la idea predominante hoy en día es que el orden mundial capitalista liberal-democrático, con sus reglas complejas que garantizan los derechos humanos básicos (libertad de expresión, atención médica universal, educación pública, etcétera), se ha desintegrado. Está siendo sustituido por un nuevo mundo brutal en el que los peces grandes se comen a los pequeños y las ideologías ya no se toman en serio, porque lo que importa es el poder económico, militar y/o político puro y duro.

Por tanto, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no intervino en Venezuela para restaurar la democracia en ese país; lo hizo, aparentemente, para obtener libre acceso a las inmensas reservas venezolanas de petróleo y minerales. Del mismo modo, el presidente ruso, Vladímir Putin, atacó Ucrania para apoderarse de territorio y restaurar la Gran Rusia que existía antes de la Revolución bolchevique y, de forma diferente, después de ella.