Asumir muchos de los postulados ultras para alcanzar acuerdos de gobierno compromete la identidad misma de la derecha moderada
El Partido Popular ha puesto por fin negro sobre blanco cuáles son los límites de sus negociaciones con Vox para gobernar juntos. El documento, dado a conocer el lunes, hay que entenderlo no solo como un marco negociador para los gobiernos autonómicos, sino, eventualmente, como las condiciones en las que la derecha liberal española estaría dispuesta a dar entra...
da a la ultraderecha en el Ejecutivo central. El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, ha dejado claro que ese escenario se ha normalizado dentro del partido y ha comenzado la tarea de que los ciudadanos lo vean también como una opción más. Pero, con según qué condiciones, no lo es. El decálogo del PP supone una versión edulcorada de algunos de los postulados del partido ultra. Por ejemplo, cuando afirma que “la inmigración irregular ha alcanzado niveles intolerables”. No dice en qué datos se basa —la realidad no avala esa afirmación— ni cuál es su política al respecto, pero abre la puerta a que Vox haga la suya. O cuando rechaza las medidas contra el cambio climático asumiendo el lenguaje del partido de Santiago Abascal. Sin embargo, resulta significativo que el líder ultra se haya ofendido por el primer punto, que simplemente reafirma una obviedad como el respeto a la legalidad. Para Abascal es como si los populares “estuvieran pactando con salvajes y pretendieran domar a Vox”.






