Una exposición en el Thyssen revisa la pintura del danés, maestro de un lenguaje en el que el silencio pesa como una mordaza

Toda historia, se dice, es historia del presente. Y, para entendernos, puede servir, pero si se toma a rajatabla conduce a la absurda y extendida creencia de que el valor de cualquier cosa se encuentra únicamente en su condición anticipadora de alguna nota de la actualidad. Una vez oí decir que el Imperio Romano era un precursor del fascismo, y otra que Sancho IV representaba “la vanguardia de su tiempo”. En cuanto a la historia del arte, el gran relato de las derivaciones progresivas se quebró, como todos los demás, en los primeros años ochenta. Islotes hasta entonces académicamente sepultados por su nula obediencia a la narración lineal —los realismos de entreguerras, los metafísicos, algunos surrealismos y, sobre todo, nombres a contramano como los de Balthus o Aleksandr Deineka— volvieron a emerger. Las primeras redenciones expositivas de Hammershøi, famoso en vida, aunque ya muy olvidado, datan de esas fechas: París, Londres, Nueva York…

Pero a nadie le gusta sentirse solo ni en el tiempo ni en la historia. Muchos pintores estrictamente contemporáneos, decididos por la figuración, se vieron desde entonces llamados a buscarse una genealogía entre aquellos resurgimientos intempestivos. Sin embargo, y a pesar del colapso de aquella historia del sentido único, a la institución del arte le cuesta su inclusión en la nómina del presente. Pienso, en concreto, en algunos españoles de pura actualidad —Teresa Moro, Miguel Galano, Antonio Montalvo…—, para quienes, junto a otras individualidades irreductibles, pero más atrás y más lejos, río arriba, está Vilhelm Hammershøi (1864-1916).