Dicen que no son buenos tiempos para la crítica, pero me atrevería a decir que sería todo lo contrario. Son los mejores, los más urgentes y los más proclives, porque el panorama no puede ser más preocupante, de lo social a lo institucional pasando por lo político. Momento que demanda una crítica fuerte, feroz y contundente, una posición firme que analice los matices, que se aleje de la queja y que se acerque a ese pensamiento crítico que, eso sí, muchas veces parece un espejismo. Es tan difuso como esa crítica cultural que sustituye cada vez más a la crítica de arte, musical o literaria, ese crítico periodista convertido en agente cultural subordinado tantas veces a la máquina de la promoció...
n tan alejada de una lectura independiente, una voz especializada y unas vinculaciones intelectuales. Una posición que conlleva más estudio y disciplina, y menos lobbys y cotas de poder. Faltan medios, dinero, apoyo y espacio, sí, pero urge alzar la voz y poner el foco en esas preguntas clave que muchas veces pasan por alto: ¿es buena esta exposición? y ¿qué es una buena exposición?
Añado dos preguntas más al hilo de la muestra de Marta Palau en el Museu Tàpies: ¿por qué una exposición como ésta, en un momento como el actual y en un lugar como ese? Empiezo por decir que Mis caminos son terrestres es una buena exposición porque conecta con los tiempos a la vez que rehúye de las modas, con los recursos propios del buen comisariado, esta vez el de Imma Prieto, también directora del museo: el rigor de la investigación, la imaginación y la capacidad discursiva, y ese acento en la denuncia y la dimensión social del arte. Por su trayectoria como directora de Es Baluard, en Palma, sabemos que esa mirada política define mucho de su trabajo curatorial, que sienta las bases de su proyecto ahora en Barcelona.






