Los 1.600 realojados de la localidad gaditana luchan por recuperar su día a día, mientras evalúan los destrozos e intentan recuperar el pulso turístico
La última vez que los hermanos Ana Carmen y Carlos González cerraron el portón de su bonita casa familiar de la calle de las Piedras de Grazalema pensaron “¿a ver qué será de ella?”. Eran las seis de la tarde del 5 de febrero y los militares de la UME tenían que vaciar con bombas el pozo de cinco metros de la casa cada 45 minutos, después de que el acuífero bajo el pueblo colmatase. Ahora, más de 13 días después de acabar desalojados, el edificio decimonónico acaba de salir de la zona roja de exclusión marcada por los geólogos. Abrazos, sonrisas y alivio: el suelo está mojado, pero poco más. “Ahora solo quiero relajarme y hacer vida normal”, exhala Carlos.
La extraña normalidad en Grazalema, desde que sus vecinos 1.600 volvieron a sus casas, es justo así. Los negocios reabren en la víspera del fin de semana, mientras que en otros trabajan a destajo para subsanar esos suelos levantados por los que afloró el agua. Los grazalemeños que volvieron a sus viviendas conviven con los que aún siguen realojados, ya dentro del pueblo, porque un barrio entero sigue vallado en una denominada “zona roja” que mengua cada día con los informes de los arquitectos. El tímido turismo en una localidad que principalmente come de ella coexiste con geólogos, guardias civiles y bomberos. “Es un subidón agridulce”, resume con tino Carlos J. García, alcalde de la localidad.






