Los 1.600 ciudadanos resisten con paciencia en municipios vecinos nueve días después de un desalojo preciso y ejemplo de coordinación entre administraciones

A Teresa Ramos nunca le ha gustado “la tristeza” que imprime la lluvia. La preferencia no es nimia si se vive en el pueblo más lluvioso de España, Grazalema. “Yo, hasta ahora, me consolaba diciendo que aquí el agua es bonita”, explica. Pero la grazalemeña ya barruntaba que lo que estaba pasando en su localidad “no era para nada normal”. La confirmación le llegó cuando escuchó un golpe bajo sus pies: “Me dio un pellizco en el estómago, así que hice la maleta”. Eran en torno a las tres de la tarde del 5 de febrero y en el puesto de mando de Grazalema la decisión ya estaba prácticamente tomada. “Había que desalojar el pueblo entero, era lo más recomendable por la presión del acuífero”, explica el alcalde, Carlos Javier García (PSOE).

El regidor cuenta cómo fueron esos momentos en los que sintió “más miedo” en su vida al otro lado del teléfono desde el pabellón de El Fuerte de Ronda; Ramos, sentada en corro en una mesa del salón multiusos de Zahara de la Sierra. Uno y otro punto se han convertido en una suerte de “plazas del pueblo” en la distancia para los 1.600 vecinos desalojados. Nueve días después del suceso más traumático de la historia reciente de Grazalema —y puede que de la provincia de Cádiz, tras más de 1.200 millones de euros en daños por afectaciones directas de este tren de borrascas—, el pueblo ha aprendido a vivir en la diáspora. Unos 550 vecinos residen temporalmente en casas de alquiler y hoteles de Ronda, otros 300 en Zahara. Las dos localidades se llevan la palma, pero la dispersión es grande: Montecorto (Málaga), El Bosque, El Gastor, Algodonales, Prado del Rey, hasta la Costa del Sol o Granada.