La campeona de gimnasia se puso en “modo protector” para ayudar al patinador hundido a superar la crisis tras su fracaso en la competición olímpica
Simone Biles aplaude compasiva a Ilia Malinin, que abandona hundido la pista de hielo en la que ha caído. El as norteamericano, de 21 años, termina octavo la competición que nadie dudaba, tampoco él, de que le iba a encumbrar por encima de las estrellas. Los periodistas que llevaban tiempo ensalzando al dios de los cuádruples como el Simone Biles del patinaje no sabían qué acertados habían estado con la comparación hasta el momento más bajo del deportista norteamericano predestinado para convertirse en el rey de los Juegos de Milán-Cortina, y hasta el anagrama de su apellido, in Milan, era una señal inequívoca de que él era el elegido.
Cuando aplaude al Malinin hundido, en cierta forma, Biles, siete veces campeona olímpica en gimnasia, se aplaude a sí misma, se da el confort, la compasión, que nadie le dio cuando el peso de las expectativas ajenas la sumió en una crisis de fe en pleno salto mortal sobre el potro que la forzó a retirarse en plena competición en los Juegos de Tokio, julio de 2021, un pabellón desierto por la covid, y el eco de los saltos rebotando contra las paredes. Biles se retiró un año. Regresó en 2024, en los Juegos de París. Madura, recuperada, completa. Ganó tres oros. Demostró que se podía salir de una crisis y volver a ser una misma, su esencia, y mejor.










