Un mes y medio después del ataque estadounidense, la revolución bolivariana ensaya una elástica apertura y trabaja en los consensos para mejorar la economía

Enfrentado a la amenaza más grave contra su continuidad en 27 años, el régimen chavista se repliega para sobrevivir. El ataque militar estadounidense del 3 de enero provocó un estruendo interno en las filas oficialistas y abrió una fase de incertidumbre cuyos efectos morales y psicológicos aún están por verse.

En menos de dos meses, el mundo se ha olvidado de Nicolás Maduro. Estados Unidos ha pasado a ocupar un lugar central en la nueva agenda chavista y sus enviados consideran ante las autoridades locales, que el plazo de nueve meses que ha planteado María Corina Machado para organizar elecciones generales es “razonable”.

También se perciben movimientos internos. Este jueves se aprobará previsiblemente una ley de amnistía. La sociedad civil vuelve a convocar protestas en las calles. Algunos dirigentes abandonan la clandestinidad y mejora el ánimo económico. Se habla, cada vez con más frecuencia, de un nuevo momento político. Para los más optimistas, incluso, de una posible transición democrática.

Al frente del gobierno, Delcy Rodríguez, como presidenta encargada, enfrenta la presión de la potencia extranjera más poderosa del mundo mientras intenta maniobrar con las herramientas disponibles, satisfaciendo demandas hasta donde puede y procurando tolerar a sus críticos. Aun en lo que se ha llamado una zona de obediencia, su Gobierno muestra estabilidad. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha afirmado repetidamente que reconoce y respalda a la administración de Rodríguez como autoridad oficial en Venezuela y ha defendido que “está haciendo un muy buen trabajo”.