Ni el ataque de Estados Unidos ni la captura de Maduro logran reactivar una movilización que durante años fue el sostén del poder chavista
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha agitado a sus bases y ha llamado a los suyos a ocupar las calles frente a las amenazas de Estados Unidos. Al otro lado de la frontera, en Venezuela, el contraste resulta llamativo. Tras el bombardeo estadounidense y la captura de su presidente, Nicolás Maduro, la reacción popular apenas asoma. Mucho menos la espontánea. Ni siquiera las movilizaciones organizadas por el oficialismo, sustentadas gracias a los más de dos millones de funcionarios públicos, logran despegar. Hay actos y concentraciones —cientos, algunos miles—, pero están muy lejos no solo de las mareas humanas que en su día acompañaban a Hugo Chávez, sino de las convocatorias más modestas que recientemente el propio Maduro logró reunir hace unas semanas para plantar cara a Donald Trump.
La movilización, durante dos décadas, el corazón del poder chavista, hoy apenas late. Hay llamamientos —este miércoles en Caracas—, pero no arrastran multitudes. La calle aparece vigilada, cansada, contenida. El aparato sigue funcionando, el músculo está ahí, disciplinado y disponible, pero la masa social que sostuvo al chavismo ya no responde. Ni siquiera ahora, cuando el conflicto toca el nervio fundacional de ese proyecto político: la confrontación con Estados Unidos. “En otras épocas, un episodio así habría activado de forma casi automática el sentimiento antiestadounidense que funcionó durante años como aglutinante”, señala Pedro Benítez, analista y columnista de ALnavío. “Lo que vemos hoy es el resultado de un vaciamiento paulatino de la calle que lleva ocurriendo en los últimos 25 años”, añade una investigadora universitaria que pide anonimato por temor a represalias.






