El régimen venezolano endurece su legislación, achica los espacios de la oposición e impone la censura

Aunque lejos del esplendor del pasado, los mandos chavistas incrustados en el Estado venezolano enfrentan el asedio estadounidense de esta hora con la mira puesta en un solo objetivo: garantizar su continuidad en el poder, incluso en un eventual escenario bélico. En el Palacio de Miraflores, Nicolás Maduro y sus colaboradores no solo esperan salir airosos del grave trance que les ha hecho pasar de Donald Trump, sino que además laboran apuradamente para hacer realidad un sueño largamente anhelado. Se trata de hacer irreversible la revolución bolivariana, radicalizando sus fundamentos.

El objetivo estratégico atiende a un principio vigente desde los tiempos de Hugo Chávez. En estos 25 años, después de cada nuevo careo con la oposición para imponer al país su proyecto político, el régimen venezolano ejecuta un nuevo giro de tuerca y profundiza sus objetivos para estabilizarse en el poder.

Para alcanzar esta meta, la nomenclatura oficialista aprieta el puño frente a la disidencia, achica los espacios del debate público —arrestando a nuevos dirigentes opositores— y trabaja en la consolidación de una nueva arquitectura de gobierno. La última liberación presos políticos anunciada por el Gobierno —99 en total— le permite ganar tiempo y ofrecer buena voluntad, pero no contradice en absoluto la decisión de radicalizar la revolución.